LA FÁBULA HUMANA

Pinturas y dibujos

9/12/25 al 22/6/26

Paseo del Buen Pastor - Córdoba, Argentina

 

 

 

 

 

 

 

 

En una primera mirada, es fácil inscribir la obra de Fernando en alguna deriva de la Neofiguración, lo que, por cierto, conlleva un doble inconveniente: es injusto en cuanto limita –y condiciona- el registro de sus capacidades expresivas, a la vez que diluye una particular apreciación de su obra en el torrente insípido e indebido de toda homologación.

Un mejor abordaje consistiría en poner atención en una constante en su obra, aquella que reconoce un desvelo que atraviesa todos sus tiempos: un cierto merodeo visual alrededor del cuerpo como tal, con todo lo que dictan sus posturas, su ubicación en el espacio, su independencia del escenario que lo contiene.

El cuerpo humano como amo y señor de su universo simbólico.

Porque, con base en cierto humanismo renacentista –aquel que tomó nota de cierta mutación de lo teocéntrico a lo antropocéntrico- su obra adquiere singularidad, a la que la solidez de su dibujo le otorga una distinción que se impone en una primera visita. A lo largo de su trayectoria, sin renunciar nunca a la fascinación por lo que dicta la figura humana, O’Connor se ha preocupado por acrecentar recursos técnicos y expresivos que le permitieran entrever y asimilar la estructura abstracta que sostiene la figuración, vocación alimentada –tal vez de manera paradójica- con alguna incursión en el llamado hiperrealismo.

Su propia formación, en paralelo a los rigores y sopores de la academia, y muy asentada en el dibujo de modelo vivo, lo independiza de estilos y modos expresivos eventuales y pasajeros diseminados en todo el ambiente de la plástica.

La sostenida reivindicación por parte de O’Connor de la tradición pictórica como guía y referencia alimenta su interés por el hombre como modelo, erguido o derrumbado; y las poses de su estar en un escenario despojado de referencias objetuales trazan su visión, desesperada y amable, del protagonista de la fábula humana, al menos del que se expresa en la propuesta icónica que nos legó la modernidad.

El hombre aposentado, el hombre caído, el hombre quieto, el hombre móvil; siempre el hombre, invariablemente teñido de un expresionismo sutil pero elocuente.

Ya sea en imágenes donde prima lo figurativo o lo simbólico, ocupa el centro del discurso el hombre como médula de toda existencia. Pero ese hombre (que siempre está posando, a la vez que notoriamente vagando en el espacio) también en cualquier manifestación de su hacer retrata asimismo su caída: ¿lo acecha el transhumanismo?

Es una palabra demasiado grave, de rostro aun indefinido. Tal vez más simplemente, lo que enhebra la narrativa de O’Connor es parcamente un borroso e inquietante proceso descivilizatorio.

Sin embargo, el arte tiene una lógica distinta a cierta antropología conjetural con pretensión cientificista. Reconocer en la obra de O’Connor canales para ese tipo de discursos no solo es una forma de estrechar gravemente su propuesta, sino caer en ejercicios de esterilización del gesto creativo que retacean la gracia de la forma, su sostenido objetivo y pasión.

 

Adolfo Sequeira

Ex Director del Museo Provincial Emilio Caraffa